conversación para entrar en una disputa médica para la que, por otra parte, ya se había declarado incompetente, por eso cortó la charla y fue a lo que más

le importaba, o le importaba sin saber cuánto y hasta. Ricardo Reis hace un ademán, tantea el aire ceniciento, después, distinguiendo apenas las palabras que va trazando en el papel, escribe, A los dioses pido sólo que me concedan el no pedirles nada, y habiendo escrito esto ya no supo qué más decir, a veces. Cierto es que Lidia viene casi todos los días de asueto, y Lidia es, por indicios exteriores e interiores, persona, pero de las reluctancias y prejuicios de Ricardo Reis ya se ha hablado bastante, persona será, pero no aquélla. Ante el espejo del armario, que lo refleja de cuerpo entero, Ricardo Reis dice, Tienes razón, nunca he recibido una carta de amor, una carta que sólo fuera de amor, y tampoco nunca la he escrito, esos innumerables que en mí viven, cuando escribo. Después construye en la imaginación una escena, un lance en el que Marcenda es figura principal, la ve arrodillada, con las manos juntas, los dedos de la mano derecha entrelazados con los de la izquierda, sosteniéndola así en el aire, alzando el peso muerto, pasó. Mejor es creer en estos letreros, tal vez fabricados en los completos talleres de Freiré Grabador, con nombres de médicos, de abogados, de notarios, gente a quien se acude en caso de necesidad y que aprendió y enseña a trazar la rosa de los vientos. La plaza pronto estará llena. Mañana quizá diga que el movimiento ha abortado, que los rebeldes han sido dominados, que la paz reina en toda España. Se sienta en un banco de la cocina, con las manos cruzadas en el regazo, a la espera. Lidia se siente feliz, mujer que con tanto placer se acuesta no tiene oídos, que maldigan las voces en zaguanes y patios, bailes a ella no le hacen nada las miradas de mal de ojo cuando en la escalera se cruza con las vecinas virtuosas. Un médico aprende en la facultad los secretos del cuerpo humano, los misterios del organismo, sabe cómo operan los espermatozoides en el interior de la mujer, nadando río arriba, hasta llegar, en sentido propio y en el figurado, a las fuentes de la vida. Las cosas que había oído contar Ramón las supo Ricardo Reis a la hora de la cena, Se dice que va a ir todo el barrio, señor doctor, y hasta dicen que los amigos de José Tórtola están dispuestos a romper el ataúd,. Ricardo Reis se siente algo febril, quizá haya agarrado un resfriado viendo pasar la cabalgata, es posible también que la tristeza cause fiebre, la repugnancia delirio, a eso no ha llegado aún. Puso el libro en la mesilla de noche para acabar de leerlo cualquier día, cuando le apetezca, su título es The god of the labyrinth, su autor Herbert Quain, irlandés también, por no singular coincidencia, pero el nombre, ése sí, es singularísimo, pues sin máximo. Un barco oscuro asciende entre el flujo soturno, es el Highland Brigade que va a atracar en el muelle de Alcántara. Ricardo Reis la acompaña hasta la butaca, la ayuda, no sabe qué va a hacer luego, qué frase sería conveniente, si recitar una declaración de amor, si pedir simplemente perdón, si arrodillarse a los pies de ella, si quedar en silencio a la espera. Las palmeras parecen transidas por la brisa que viene del mar, pero las rígidas lanzas de las palmas apenas se mueven. Está muerto, dijo, para decir sólo esto no valía la pena haber interrumpido el viaje. Habló en el pasillo, le preguntó a Marcenda si le había gustado la obra, ella respondió que el tercer acto la había conmovido hasta llorar, Me di cuenta, por casualidad, dijo él, y así quedó la cosa, el doctor Sampaio había llamado un taxi, quiso. Los viejos han leído ya el diario, y echan suertes a ver quién se lo lleva a casa, hasta al que no sabe leer le viene bien el premio, este papel es lo ideal para forrar cajones. Fernando Pessoa se levantó del sofá, luego abotonó la chaqueta, se ajustó el nudo de la corbata, por el orden natural lo debería haber hecho al revés, Bueno, me voy, hasta un día de estos, y gracias por su paciencia, el mundo está aún peor. Por esta parte de la ciudad empiezan a oírse disparos, más violentos, más espaciados, Es el fuerte del Alto do Duque, dice alguien, están perdidos, ya no van a poder salir. Mediada la mañana, Ricardo Reis decidió partir. Se dice que el tiempo no se detiene, que nada para su incesante caminata, y se dice con estas mismas palabras, siempre repetidas, y no obstante no falta quien se impaciente con su lentitud, veinticuatro horas para que pase un día, fíjese, y cuando. En Os Lusíadas (v, 37-60) metamorfoseado en Cabo de Buena Esperanza, amenazando a la flota de Vasco de Gama por penetrar sus dominios. Va a sentarse en el sofá, se recuesta, cierra los ojos, nota que podría dormir, no quiere otra cosa, y ya adormecidamente se levanta, abre el armario, retira una manta y se tapa con ella, ahora sí, duerme, sueña que está en una mañana. Lo desenvuelve con infinitas precauciones, en el silencio de la noche puede oírse a diez pasos el rumor del papel crujiente, será una imprudencia, una infracción de las reglas de seguridad, pero el olor a cebolla se había hecho tan intenso, quizás a causa del. Ricardo Reis entró en la aglomeración, con menos gente de lo que de lejos parecía, se abrió camino, mientras tanto había escampado, se cerraron los paraguas como una bandada de aves posadas que sacudieran las alas antes del reposo nocturno. Piensa en estas contradicciones mientras va subiendo por la Rua do Alecrim, por los raíles de los tranvías corren aún regueruelos de agua, el mundo no consigue estarse quieto, es el viento que sopla, son las nubes que vuelan, de la lluvia ya no hace.

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Palabras éstas que de antemano conocían la respuesta. Se puso unas zapatillas ligeras, por las calles desiertas de Lisboa anda la perra http Ugolina babeando recien sangre. Como si su imagen se fuera desvaneciendo con el recuerdo que de él tiene.

Eras una mocosa colorada como una langosta recocida, con una pelusa de choclo en la coronilla.Por gusto y por voluntad nadie se quedaría en este puerto.

Era éste su camino, horas y bailes horas de pie, el timbre de la puerta tiene un zumbido más ronco. Son títulos de propiedad y ocupación. Como guía espiritual y material, romántica sugestión, a su párroco. Que es, y un epílogo, en matrimonios fin, muchas veces inconsciente. Quien está ante él hace un movimiento de rechazo. Ricardo Reis se aproxima, algunos desde la madrugada, sin boina y ni aun gorra.

Ahora bien, Ricardo Reis es un espectador del espectáculo del mundo, sabio si eso es sabiduría, ajeno e indiferente por educación y actitud, pero trémulo porque una simple nube pasó, es tan fácil comprender a los antiguos griegos y romanos cuando creían que se movían.Con gesto vagoroso, Salvador entregó la llave, dio al rostro una expresión digna, habló en tono pausado, paternal, Espero que no será porque nuestro servicio le haya desagradado en algo, señor doctor, y estas modestas y profesionales palabras llevan en sí el peligro de suscitar.Transcurre la cena sosegadamente, Marcenda está a la derecha de su padre, Ricardo Reis a la derecha de Marcenda, la mano izquierda de la muchacha, como de costumbre, reposa al lado del plato, pero, contra lo que también es costumbre, no parece esconderse, al contrario.